
Abril empieza y algo en las memorias se mueve.
La vida no se acaba hasta que se acaba.
Mientras tanto, siempre hay un día para la esperanza, para el amor, para el cambio, para sentir de todo, por eso sentir rabia, tristeza, miedo o celos no te convierte en una mala persona; te convierte en humano. Sin embargo, usar esa emoción como justificación para herir, manipular o evadir sí es algo que está bajo tu control.
Diferenciar emoción de conducta te da poder. Cuando confundes ambas, puedes creer que “si lo siento, debo actuarlo”. Pero entre lo que sientes y lo que haces hay un espacio: ahí están tus valores, tu criterio y tu capacidad de regularte. Aprender a habitar ese espacio es una forma profunda de madurez emocional.
Además, asumir responsabilidad por tu reacción fortalece tus relaciones y tu autoestima. Te permite reparar cuando te equivocas, poner límites sin agresión y expresar lo que sientes sin destruir vínculos. Validar tu emoción te conecta contigo; responsabilizarte de tu conducta te convierte en alguien confiable. Entender esta diferencia es clave para vivir con mayor coherencia y respeto, tanto hacia ti como hacia los demás.
El otro va a cambiar, es una utopía.
Mejor cambia tú, que es lo único que puedes hacer a ciencia cierta.
Te recuerdo que nosotros tomamos decisiones por acción u omisión, a hacerse cargo.
No juegues el juego de otro, juega el TUYO.
Porque incluso en lo que parece final la vida insiste.
Que no se nos termine el impulso de seguir latiendo la vida, en las circunstancias que sean, con las personas que te tocan y los momentos del día a día, que a final siempre puedes voltear y ver una jacaranda teñida de violeta en todo su esplendor.




