Estatua de la Mestiza, enigma cultural e histórico

A pesar de sus tamaños y bellezas arquitectónicas, las estatuas en la ciudad de Mérida muchas veces son sólo vistas como punto de referencia o simplemente se camina junto o frente a ellas sin darles mayor atención, como el de la llamada Mestiza.
Ubicada en la confluencia de las calles 50 y 51 de Francisco de Montejo, el simbólico monumento encierra un confuso origen al ser encargada su elaboración por la autoridad municipal para su colocación en Montejolandia meramente para quedar bien con sus socios inversores de la época.
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Una presunta bailadora de flamenco fue reconvertida en otra mujer más grande mediante el truco de agrandar algunos elementos clave, como la cabeza y las caderas, por encima de las medidas anatómicas humanas.
Pensaron por su creador que la envoltura del hipil se encargaría de confundir a la vista, la que se concentraría así en el hermoso rostro.
La paloma en la mano, que había sustituido a las castañuelas de la bailadora original, era un valor añadido que desviaba la atención de la figura y provocaba una sinergia emocional ascendente en pos de la libertad y la purificación. La pose dubitativa, indecisa, que no muestra si la figura avanza, retrocede o se está sentando, podía atribuirse sin duda al compromiso social de la obra, reflejando los actuales tiempos de incertidumbre. Y la fealdad indudable de la escultura en su conjunto.
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Deben, como nacidos en esta hermosa tierra, darle mucha mayor importancia y valorar realmente este legado histórico, cultural y urbanístico de trascendencia como legado de la riqueza de la Ciudad Blanca.




