Adulto mayor vive en casa improvisada en la acera

Con el despunte de los primeros rayos de sol que se cuelan entre los cartones, los trozos de distintos objetos acumulados, el ruido de los automóviles, así como de algunas ráfagas aisladas de viento fresco, Don Miguel, abre los ojos y con él amanece la incertidumbre sobre su destino; como un ritual, dos preguntas llegan a su mente, sin poderlo evitar : ¿Cómo conseguir alimento? y ¿Cuándo lo vendrán a retirar?
Desde hace cuatro meses, el casi octogenario, estableció su hogar en un remanso de concreto de la vía pública, los bocados intermitentes que le proporciona algún vecino generoso o alguno de sus hijos, cuando la conciencia abruma su desentendimiento, son el único sostén de su famélico ser.
De los 79 que ha sobrevivido, más de medio siglo lo entregó a la plomería y las reparaciones varias; debido a este oficio, aún conserva conocidos que le solicita algún servicio al alcance de sus capacidades, al cual acudirá, en algún momento, surcando las distancias sobre su enmohecida bicicleta.
La vecina más próxima a su morada, no se siente precisamente contenta de compartir frontera con esta edificación marginal, que adornada por una fila de envases desechables formados en la banqueta, repletos de desechos orgánicos, los cuales, despiden hediondez en plena entrada de la propiedad de la mujer; sin embargo es condescendiente y solventa algunas necesidades del anciano, “Cuando puedo le acerco un plato de comida”, dice y cierra la puerta tan rápido como olvida.
Don Miguel, como es conocido en las colonias el poniente de Mérida, como Tanlum, Chuburná y Francisco Villa, trabajó muchos años de forma permanente para una señora que falleció; la casa de su patrona, en dónde tenía un cuarto para vivir, cambió de manos y está circunstancia, lo obligó a buscar un lugar donde pudiera continuar su existencia, según compartió don Miguel.
Sin embargo otras versiones, menos condescendientes, de residentes de la zona, contradicen sus afirmaciones y aseguran que Miguel, hace años, se metió como “paracaidista” a un terreno del que finalmente fue desalojado; es difusa la realidad, pero la única verdad es que Miguel vive con el miedo de ser retirado de su espacio: “Quiero seguir aquí, no quiero que me metan a un asilo” fueron sus palabras antes de desaparecer tras algo parecido a una ventana.
Joel González




