Chicozapote en Yucatán: fruto tradicional, sabor dulce y herencia maya
El chicozapote, fruto emblemático de Yucatán, destaca por su sabor dulce, su valor cultural maya y su vínculo con la producción de chicle natural y el aprovechamiento sustentable de la selva.

El chicozapote, uno de los frutos más representativos del sureste mexicano, mantiene su presencia en Yucatán como parte de la vida cotidiana, gracias a su sabor dulce y su estrecha relación con la historia y el aprovechamiento de la selva.
Proveniente del árbol Manilkara zapota, este fruto ha sido fundamental no solo en la alimentación, sino también en actividades económicas tradicionales como la extracción de chicle natural, que durante décadas sostuvo a comunidades de la región.
A pesar de su relevancia, el chicozapote suele confundirse con otros frutos conocidos como zapote. En Yucatán, el término puede referirse al zapote negro o al mamey; sin embargo, el chicozapote se distingue por su tamaño más pequeño, su cáscara café áspera y su pulpa marrón clara, de textura suave y granulada, con un sabor intensamente dulce que recuerda al caramelo.
Su consumo es principalmente fresco, aunque también se utiliza en bebidas, helados y postres. En mercados y puestos locales, es común verlo como un antojo cotidiano, especialmente durante su temporada alta que abarca de finales de invierno a primavera.
En centros de abasto como el mercado Lucas de Gálvez, su presencia aumenta entre enero y mayo, periodo en el que su precio se mantiene accesible, lo que favorece su consumo entre las familias yucatecas.
Más allá de su valor alimenticio, el chicozapote representa un símbolo de identidad regional. En un contexto donde crece el interés por productos naturales y sustentables, este fruto resurge como un vínculo entre las nuevas generaciones y las prácticas ancestrales de la cultura maya.




