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¿Esto es desarrollo deportivo… o espectáculo bien vendido?

MOMENTO RUDO - Juan Pablo Rivera

El tenis en México ya no es una casualidad. Es una señal.

Estos días se llevaron a cabo el Mérida Open y el Abierto Mexicano de Tenis en Acapulco. Dos ciudades distintas. Dos escenarios diferentes. Pero un mismo mensaje: el deporte blanco está creciendo en serio en nuestro país.

Hace algunos años, hablar de torneos de esta categoría en México era pensar en eventos aislados. Hoy ya no. Hoy forman parte de un calendario que atrae miradas internacionales, turismo deportivo, patrocinadores fuertes y, lo más importante, nuevos aficionados.

Y ahí está el verdadero cambio.

Porque cuando un torneo de este nivel llega a una ciudad, no solo se instalan canchas y gradas. Se construye cultura deportiva. Familias completas se acercan por primera vez al tenis. Niños que solo lo veían por televisión ahora lo viven en directo. Jóvenes que practican en clubes locales pueden observar la intensidad real que exige competir a nivel profesional.

Eso transforma.

Ver encuentros de categoría internacional eleva el estándar. El público aprende a leer el juego. Entiende la estrategia. Descubre que el tenis no es solo potencia, sino resistencia mental, disciplina y constancia. Y cuando la afición entiende más, exige más. Y cuando exige más, el espectáculo crece.

Pero hay otro efecto aún más profundo.

Estos torneos también abren espacio a talento emergente. No todo es figura consolidada. Las competencias brindan oportunidades a jugadores que buscan sumar puntos, experiencia y visibilidad. Para muchos, participar en eventos organizados en su propio país reduce barreras económicas y logísticas que antes complicaban el salto internacional.

Competir en casa puede ser el primer paso para competir en el mundo. Además, la organización de torneos de esta magnitud obliga a mejorar infraestructura, logística y profesionalización. Árbitros mejor preparados. Canchas con estándares internacionales. Equipos de trabajo especializados. Todo eso deja capacidad instalada que permanece incluso después de que se apagan las luces del evento.

El impacto no se limita a una semana de partidos.

También hay un efecto económico evidente. Hoteles llenos. Restaurantes con mayor demanda. Transporte activo. Empleos temporales. El deporte se convierte en motor de movimiento local. Y cuando eso ocurre en distintas ciudades del país, el mensaje es claro: México puede organizar eventos de talla mundial con consistencia.

La clave ahora es la continuidad.

No basta con un buen año. No basta con una buena edición. El verdadero crecimiento se mide cuando estos torneos se consolidan, mejoran cada temporada y logran mantenerse como referencia en el circuito internacional.

Porque cuando el deporte se vuelve hábito y no excepción, cambia el panorama completo.

Más aficionados. Más jugadores interesados en formarse. Más academias. Más competencia interna. Más posibilidades de exportar talento.

El tenis en México está construyendo algo más grande que un trofeo. Está construyendo estructura.

Y cuando hay estructura, el crecimiento deja de ser casualidad y empieza a ser consecuencia.

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