Opinión

Un día histórico para México: el viernes en que Progreso empezó a ganarle tierra al mar

Visión Compartida por Víctor José López Martínez

Opinión | 26/07/2026| 23:54

El viernes pasado, en el litoral de Progreso en Yucatán, arrancaron los trabajos de construcción marítima para conformar una nueva plataforma portuaria de cuarenta hectáreas, que hasta hace unos días existía sólo en los planos. El Gobernador Joaquín Díaz Mena y el secretario de Marina, el Almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, dieron el banderazo a esos trabajos, ratificaron el convenio entre el Gobierno de Yucatán y la Secretaría de Marina para la tercera etapa de ampliación y modernización del Puerto de Altura, y sostuvieron mesas de trabajo con empresas nacionales e internacionales interesadas en instalarse en el recinto. Los tres actos en una misma jornada. Quien siga la historia del desarrollo de la infraestructura nacional podrá dimensionar el extraordinario mensaje político que significa que un Gobernador sostenga un día entero de agenda con el Almirante Secretario de la Marina para desarrollar un puerto: firmar el convenio es un acto de gobierno, sentar a las empresas es un acto de mercado, y arrancar el relleno de una plataforma es un acto físico e irreversible, de esos que ya no admiten marcha atrás. El viernes ocurrieron los tres juntos, y por eso el viernes es la noticia.

La semana pasada dediqué este espacio a Port Alpha, el astillero de más de tres mil doscientos millones de dólares que se construirá en Brownsville y que confirmó hacia dónde se mueve el capital industrial de Norteamérica: hacia el Golfo de México, esa cuenca casi cerrada cuyas costas forman una sola región marítima. La tesis de aquella columna era que la megatendencia ya está en marcha y que la geografía puso a Yucatán en el centro de ella. Pero toda oportunidad plantea una pregunta que la geografía sola no responde: una cosa es que la región llame, y otra muy distinta es tener con qué acudir al llamado.

El capital que hoy recorre el Golfo buscando dónde anclarse premia la infraestructura que existe o que está en ejecución verificable, por encima de la buena ubicación en el mapa. Lo que ocurrió el viernes en Progreso fue, en el fondo, la respuesta mexicana a esa pregunta. México miró cómo la cuenca se reindustrializa del otro lado de la frontera marítima y respondió poniendo en marcha la obra en su propia orilla.

Conviene medir la respuesta, porque su escala es la prueba de su seriedad. El proyecto integral asciende a doce mil doscientos veinticinco millones de pesos, la mayor inversión en la historia del puerto. Con ella, el recinto crecerá de treinta y cuatro a ciento catorce hectáreas -se triplica- y sobre esa superficie ganada al mar se levantarán dos plataformas de cuarenta hectáreas cada una, dos dársenas de ciaboga de seiscientos metros de diámetro, dieciséis posiciones adicionales de atraque, cuatro mil quinientos metros de muelles y dos barreras de disipación de oleaje, además de la ampliación en profundidad, longitud y ancho del canal de navegación para recibir embarcaciones de mayor calado.

Es la reconstrucción de un puerto entero, dimensionado para el tráfico que la región va a generar más que para el que hoy tiene. Y lleva fecha: el propio Secretario de Marina informó que la Presidenta Claudia Sheinbaum instruyó concluir la primera plataforma durante el próximo año, por lo que los trabajos habrán de acelerarse para cumplir ese plazo. Una obra con instrucción presidencial y calendario es una obra que dejó el terreno de la promesa.

Las mesas comerciales de ese mismo día completan el cuadro y son quizá su parte más reveladora. Sentar a empresas nacionales e internacionales frente a una plataforma que empieza a rellenarse, y no frente a un plano, cambia la naturaleza de la conversación: se les invita a colocarse sobre una obra en marcha, en lugar de pedirles que crean en un proyecto.

Ese es el momento exacto en que la infraestructura pública se convierte en imán de inversión privada. Y no es casual que ocurra ahora: el capital que evalúa el Golfo toma decisiones con dos o tres años de anticipación, de modo que la ventana para atraerlo se abre justamente cuando la obra arranca, mucho antes de que se inaugure. México llegó a esa ventana con la obra marítima ya en marcha.

Detrás de este acto hay algo más que un puerto, y ahí reside la solidez de la respuesta mexicana: hay un sistema. En 2020 el Estado trasladó la administración portuaria a la Secretaría de Marina, y desde entonces las viejas Administraciones Portuarias Integrales se convirtieron en Administraciones del Sistema Portuario Nacional. El cambio de nombre encierra un cambio de doctrina -de puertos que operaban como islas y competían entre sí, a una red conducida desde un solo centro-, y sobre esa base la Marina despliega hoy un programa de modernización de seis puertos estratégicos, de Ensenada a Progreso, con una inversión pública cercana a los cincuenta y cinco mil millones de pesos y con capital privado que la multiplica. México está respondiendo a la oportunidad del Golfo con una pieza pensada dentro de una estrategia portuaria nacional, y no con una obra suelta que coincidió en el tiempo. Es la diferencia entre reaccionar y tener un plan.

Dentro de ese plan, Progreso ocupa un lugar preciso: es la avanzada del sistema en el Golfo, el puerto de altura del sureste, la ficha con la que México se sienta a la mesa de la cuenca con algo tangible que ofrecer. Su gran mérito consiste en haber llegado a tiempo. El gobernador Díaz Mena entendió temprano que la conversación relevante para Yucatán era regional, y preparó el puerto cuando la tendencia apenas se dibujaba, mucho antes de que fuera evidente.

Por eso, cuando la política portuaria nacional aceleró y la megatendencia del Golfo se hizo visible, el estado no tuvo que improvisar: ya tenía la primera etapa concluida, la segunda en obra con capital privado y la tercera lista para arrancar. Estar dos años adelante de la curva es lo que separa a quién sirve la mesa de quién llega cuando el banquete terminó.

Hace una semana escribí que el capital del continente había decidido su rumbo y que México llegaba con un lugar en la mesa. El viernes en Progreso demostró que ese lugar es una realidad concreta: una plataforma que se está construyendo, un convenio firmado, unas empresas sentadas a negociar y una instrucción presidencial con fecha de entrega.

La cuenca del Golfo vuelve a llamar al mar a trabajar, como hace ochenta años, y esta vez México no piensa verlo pasar desde la orilla. El Renacimiento Maya tiene puerto, el puerto tiene obra, y la construcción marítima empezó a ganarle tierra al mar el viernes que Yucatán decidió no llegar tarde a su propia oportunidad. Esa es la visión compartida que este tiempo exige.

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