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La siguiente frontera industrial de México está en Yucatán

Por Víctor José López Martínez

Opinión | 30/08/2026| 20:37

El martes 25 de agosto, en la sede nacional de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación (Canacintra), más de 350 líderes industriales de todo el país escucharon durante tres cuartos de hora al Gobernador de Yucatán, Joaquín Díaz Mena, exponer el presente y el futuro de la siguiente frontera industrial de México.

Este evento, que por sí mismo es relevante, es en realidad un síntoma de algo más profundo que está ocurriendo en la geografía económica de México, y vale la pena detenerse en él.

Empecemos por el foro. La Canacintra cumple 85 años en 2026 y es, probablemente, el organismo empresarial de mayor capilaridad territorial del país: 76 delegaciones, 14 sectores, 103 ramas industriales y una base afiliada compuesta en su enorme mayoría por pequeñas y medianas industrias de transformación.

Desde su fundación en 1941 ha sido el órgano técnico de consulta del Estado mexicano, y su historia se funde con la historia misma de la industrialización nacional: la sustitución de importaciones, la apertura comercial, el tratado de libre comercio, la manufactura de exportación. Quien habla en esa tribuna le habla al aparato productivo de México, taller por taller y planta por planta. Presidirla hoy le corresponde a la Doctora María de Lourdes Medina Ortega, quien ha puesto el acento en el desarrollo regional como tarea pendiente del organismo. Ese acento importa para lo que sigue.

Porque la pregunta de fondo que este encuentro puso sobre la mesa es una pregunta nacional, y es: ¿dónde va a crecer la siguiente etapa de la industria mexicana? Durante un siglo, la respuesta fue el norte y el centro. Ahí se concentraron el ferrocarril, la energía, la frontera, la proveeduría automotriz, y ahí se concentró después la ola de relocalización que domina la conversación económica del continente.

Esa concentración fue racional en su momento y produjo resultados extraordinarios; también produjo una asimetría que todos los diagnósticos serios del desarrollo mexicano señalan desde hace décadas. El proyecto económico de la presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado con claridad que el crecimiento que viene debe ser territorialmente más equilibrado, y que los polos de desarrollo del sur y del sureste dejaron de ser una aspiración compensatoria para convertirse en política industrial. En ese marco nacional se inscribe el acontecimiento del martes 25 de agosto.

Lo que Yucatán llevó a la Canacintra fue, en esencia, una tesis con especificaciones. La tesis: el sureste es la siguiente frontera industrial de México, y su despegue complementa al norte en lugar de disputarle nada. Las especificaciones: por primera vez en su historia, la península puede responder afirmativamente las cuatro preguntas que cualquier planta industrial hace antes de instalarse:

1. ¿Hay energía firme? La central de ciclo combinado Mérida IV. 2. ¿Hay gas? La ampliación del gasoducto Cuxtal II. 3. ¿Hay puerto de altura? La ampliación y modernización del Puerto de Progreso, con su canal ya dragado a 13.30 metros, la inversión privada de SSA Marine en marcha y las plataformas que triplicarán la superficie portuaria, iniciadas en julio con la Secretaría de Marina. 4. ¿Hay ferrocarril de carga? El ramal Poxilá-Progreso del Tren Maya, que conectará la zona industrial con el puerto este mismo diciembre.

Durante décadas, cada una de esas respuestas fue negativa. Lo verdaderamente nuevo, lo que constituye noticia económica de alcance nacional, es la simultaneidad: las cuatro llaves girando al mismo tiempo, todas activadas en el aún joven sexenio del Gobernador Díaz Mena.

Hubo, además, un gesto de método que este columnista quiere subrayar porque escasea en la comunicación pública mexicana. Al presentar su portafolio de inversiones -85 proyectos por más de 111 mil millones de pesos-, el Gobierno yucateco lo desglosó con honestidad contable: qué porcentaje está en negociación, qué porcentaje en tramitología, qué porcentaje ya en construcción u operación.

Ante un auditorio que vive de leer balances, ese rigor vale más que cualquier adjetivo. Los gobiernos suelen sumar peras con manzanas cuando anuncian inversiones; separar lo firmado de lo esperado es una forma de respeto al interlocutor, y también una apuesta: la de que la credibilidad es un activo que se acumula.

Hay, finalmente, una lectura institucional que trasciende el caso yucateco. El Gobernador no llegó solo a la sede de la Cámara: lo acompañó una nutrida delegación de industriales yucatecos, encabezados por su delegación estatal de la propia Canacintra, y ese detalle dice tanto como el discurso. Cuando el sector productivo de un estado viaja junto a su gobierno para presentarse ante sus pares del resto del país, lo que se exhibe es una alianza local que ya funciona y que sale a buscar socios, clientes y cadenas de proveeduría.

Que un gobernador acuda a la sesión del Consejo Directivo Nacional de una cámara industrial, presente su proyecto con datos verificables, dialogue con su presidencia, se lleve un reconocimiento y remate la jornada en una comida de trabajo donde los industriales yucatecos y los del Consejo Nacional intercambian propuestas de tú a tú es federalismo económico en acción: los estados compitiendo por el capital con argumentos, no con ocurrencias, y las cámaras ejerciendo su papel histórico de puente entre el poder público y el aparato productivo.

México necesita más de esa liga: gobernadores que entiendan el negocio de sus inversionistas y organismos empresariales que abran sus tribunas a las regiones que buscan integrarse al reparto industrial. Si el norte sigue fuerte y el sureste despega, quién gana se llama México.

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La conversación quedó abierta y tendrá pruebas concretas en los próximos meses: el ramal de carga en diciembre, las plataformas ganándole terreno al mar en Progreso, la proveeduría nacional tocando la puerta de un paquete de obras pensado a cincuenta años.

Convertir un siglo de espera en una década de construcción exige exactamente lo que se vio el martes: técnica, franqueza y coordinación entre todos los órdenes de Gobierno y los sectores productivos. Esa es la visión compartida que este tiempo exige.

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