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¿Cuánto tiempo puede esperar un corazón para volver a creer?

Por Juan Pablo Rivera

Opinión | 02/08/2026| 21:25

Hay victorias que valen tres puntos.

Y hay otras que valen años.

La del Atlante sobre Cruz Azul en el Estadio Azteca pertenece a la segunda categoría.

Porque para cualquiera pudo haber sido simplemente un resultado inesperado.

Para los atlantistas fue mucho más que eso.

Fue un abrazo que tardó demasiado en llegar.

El primer triunfo del Atlante en Primera División desde su regreso no solo rompe una racha.

Rompe una espera.

La de miles de aficionados que nunca dejaron de creer, incluso cuando parecía que creer era el único lujo que les quedaba.

Porque hay equipos que se apoyan en los títulos.

Y hay equipos que sobreviven gracias a la fidelidad de su gente.

El Atlante pertenece a esos.

A los que enseñan que el amor por unos colores no depende de la categoría.

Depende de la memoria.

Depende de las historias.

Depende de esa extraña terquedad que hace que un aficionado siga diciendo “el próximo año será diferente”, aunque lleve años esperando.

Ver al Atlante competir otra vez en Primera División, plantarse en el Azteca y salir con la victoria fue inevitablemente un viaje al pasado.

No pensé únicamente en el partido.

Pensé en mi papá.

El Rudo Rivera era un enamorado del Atlante.

Lo defendía con esa pasión que solo tienen quienes no necesitan explicarle a nadie por qué eligieron un equipo.

Simplemente lo sienten.

Mientras veía rodar el balón, no podía dejar de imaginar la emoción que habría tenido al ver este momento.

Estoy seguro de que habría gritado el gol.

Estoy seguro de que habría encontrado la manera de convertir esa victoria en una conversación de horas.

Porque así era él.

Vivía el deporte como si cada partido fuera una historia nueva.

Y quizá por eso esta victoria también se sintió tan personal.

Porque hay recuerdos que regresan disfrazados de futbol.

Hay personas que vuelven a aparecer cada vez que un estadio enciende sus luces.

Hay voces que siguen haciendo eco mucho tiempo después de haber guardado silencio.

Pensé también en todos esos aficionados que nunca abandonaron al Atlante.

En quienes soportaron cambios, descensos, mudanzas y temporadas difíciles sin cambiar de escudo.

Ellos también ganaron.

Porque la paciencia, tarde o temprano, encuentra una recompensa.

Claro que una victoria no garantiza una gran temporada.

Tampoco asegura campeonatos.

Pero sí cambia algo mucho más importante.

La conversación.

La confianza.

La manera en que un equipo vuelve a mirarse al espejo.

Ahora el reto será enorme.

Demostrar que este triunfo no fue una casualidad.

Que el Atlante volvió para competir.

Para incomodar.

Para recordarle al futbol mexicano que hay instituciones cuya historia nunca desaparece, aunque pasen años lejos del lugar donde muchos creen que pertenecen.

Porque el regreso verdadero no ocurre cuando vuelves a una categoría.

Ocurre cuando vuelves a ilusionar.

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Y viendo al Atlante ganar otra vez en Primera División entendí algo.

Hay esperas que parecen eternas.

Pero cuando el corazón sabe que algún día llegará ese momento…

la paciencia deja de sentirse como un castigo.

Se convierte en una forma de fe.

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