La danza no debe doler: Gabriela Martínez de la Portilla aboga por proteger a las infancias
En el marco del Día Internacional de la Danza, la bailarina yucateca compartió su historia de vida y la evolución de su pensamiento en torno a esta disciplina.

Con una trayectoria amplia en la danza que marcó su vida, Gabriela Martínez de la Portilla defiende este arte como un espacio de disfrute libre de dolor. Desde esa convicción impulsa iniciativas para proteger a las infancias, como la regulación en el uso de zapatillas de punta. “La danza es una gran sanadora del alma y bajo ninguna circunstancia es correcto normalizar lastimar nuestros cuerpos”, subrayó.
En el marco del Día Internacional de la Danza, la bailarina yucateca compartió su historia de vida y la evolución de su pensamiento en torno a esta disciplina, marcada por años de formación, investigación y una lucha constante por transformar prácticas arraigadas en la enseñanza tradicional.
Nacida en Yucatán, en el seno de una familia numerosa, relató que su acercamiento al ballet no fue una elección propia, sino una imposición. “Siempre quise ser bióloga marina, pero en mi casa, siendo mi papá de una escuela muy antigua, las niñas no teníamos derecho a estudiar”, recordó, al explicar que su destino parecía limitado a las artes como parte de su formación.
Sin embargo, su vínculo con la danza cambió de forma decisiva a los ocho años, cuando, tras enfrentar problemas de conducta en clase, una maestra le obsequió sus primeras zapatillas de punta. “Ahí me enamoré de la danza”, contó, evocando el momento que transformó lo que comenzó como una obligación en una vocación profunda.
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A lo largo de su carrera, dedicó su vida a investigar el uso profesional de las zapatillas de punta, vinculándolo con la plasticidad neuronal y la salud mental en edades tempranas. Este enfoque derivó en un proyecto centrado en la protección de niñas y niños, con el objetivo de erradicar la normalización del dolor en la práctica dancística.
Recordó que, durante generaciones, prevaleció una enseñanza basada en el sufrimiento. “Si a mí me dolió, a ti te tiene que doler; si yo sufrí, tú tienes que sufrir”, citó, al describir una lógica que, dijo, no juzgaba en sus maestros, pero que respondía a los conocimientos de su época. No obstante, subrayó que sus investigaciones demostraron que ese paradigma no tenía sustento.

Con estudios de doctorado en educación, afirmó haber comprobado con datos que la danza no debía implicar daño físico.
Su labor también trascendió fronteras, al convertirse en la única persona invitada por más de un mes a una fábrica de manufactura rusa de zapatillas, experiencia que fortaleció su conocimiento técnico.
Convencida del poder transformador de la danza, Gabriela Martínez de la Portilla defendió su papel como herramienta de resiliencia y crecimiento personal. “La danza es la herramienta que nos permite levantarnos una y otra vez cuando la adversidad nos golpea”, afirmó. Bajo esa premisa, consolidó su identidad como promotora de un arte más humano, donde la técnica y el bienestar caminen de la mano.




