Raíces…

RITO DE FLORES
marliv73@gmail.com
A veces pasamos años intentando ser lo que otros esperan: más fuertes, más correctos, más complacientes, más fáciles de amar. Pero el alma se cansa de actuar. Llega un momento en que la vida empieza a quitar máscaras, vínculos, lugares y versiones que ya no sostienen tu verdad.
No lo vivas como pérdida. Muchas veces es regreso. Convertirte en quien realmente eres no siempre es cómodo, pero sí es profundamente liberador. Escucha lo que te expande, respeta lo que te apaga y deja de pedir permiso para habitar tu propia esencia.
Tu camino no es parecerte a nadie. Es recordarte, elegirte y atreverte a vivir desde tu verdad.
Pero para recordar y elegir esa verdad, llevamos raíces, nacemos de dos ramas que forman nuestra vida, que llamamos apellidos.
Para muchos sean sólo palabras impresas en un documento, para mí son dos historias completas, dos caminos que se cruzaron y me dieron un origen que llevo tatuado en el alma.
No son simples letras: son raíces, son memoria, son fuerza.
Son el eco de dónde vengo y la brújula que me guía hacia dónde voy.
Del primero estoy orgullosa porque pertenece al hombre más fuerte que he conocido.
No hablo solo de músculos o de resistencia física, sino de esa fuerza silenciosa que se demuestra con sacrificios diarios, con madrugadas sin quejarse, una espalda que cargó más peso del que cualquiera imagina, y eso si siempre derecha.
Ese apellido huele a tierra, a sudor honesto, a responsabilidad, a ese amor que no siempre sabe expresarse con palabras, pero que se siente en cada gesto.
Él me enseñó que la vida no siempre es fácil pero que rendirse no es opción.
Me enseñó a levantar la cabeza incluso en los días en los que el mundo parece más grande que uno mismo.
Por eso llevo su apellido en alto, porque no solo es suyo: ahora es parte de lo que soy, parte del ejemplo que me sostiene cuando siento que ya no puedo más.
El segundo apellido es pura admiración y respeto porque viene de la mujer más valiente de mi vida, bondadosa y generosa.
Su valentía no es de película es de esas que se viven en silencio, que se demuestran en las pequeñas cosas que muchos no ven: en cómo se secaba las lágrimas sin que nadie notara que lloró, en cómo seguía dando amor incluso cuando estaba rota, en cómo convertía la preocupación en templanza y el cansancio en cuidado.
Esa mujer llevaba en su mirada, profunda y color olivo, la historia de todas las batallas que enfrentó sola, de todas las veces que fue escudo, consuelo, guía y abrazo.
Ella fue la prueba de que la fortaleza no siempre grita; a veces susurra mientras sigue adelante, paso a paso, día tras día.
Por eso, cuando junto mis dos apellidos, siento que llevo un escudo hecho de dos corazones que dieron todo por mí y su familia.
Son un recordatorio constante de que vengo de personas que supieron luchar, amar y resistir.
Que mis raíces están formadas de esfuerzo y de valentía y que mi historia comenzó mucho antes de que yo aprendiera a escribir mi nombre.
Hoy entiendo que mis apellidos no son casualidad.
Son mi herencia emocional, mi orgullo más grande de mis antepasados.
Son el abrazo invisible de mi padre y mi madre acompañándome en cada paso que doy, porque hoy desde lo más alto, pero ahí sigue guiando.
Mientras tenga la oportunidad de llevarlos, prometo honrarlos con mi vida.
Porque cuando llevo mis apellidos, los llevo a ellos…. Antes, por costumbre solo me ponía el primero, hasta que un día mi mamá me dijo: ¡también tienes madre! Y sí siempre tendré madre, desde entonces siempre pongo los dos.
M.E.




